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El histórico camino al altar

Los hitos que han marcado la historia del matrimonio.

“Ni las mujeres que se unen por lo civil renuncian a un vestido como Dios manda”, afirmó la reconocida diseñadora catalana Rosa Clará a la Revista El País en 2011. Y es que no hay dudas, el vestido es el look más esperado por cualquier novia, con ese que todas sueñan desde muy pequeñas, imaginándose en un verdadero y perfecto cuento de hadas. El ideal de casarse de blanco no ha sido igual en todos los tiempos y el protagonista, el diseño, ha evolucionado en conjunto con el avance de la cultura. Y es lógico, éste como parte del concepto moda, responde y representa los hábitos y costumbres de la sociedad, influenciados por los cambios sociales y tecnológicos.
Remontándonos a varios siglos atrás, mientras que en Grecia las novias vestían túnicas con mantos en diferentes tonos y flores en el pelo como adorno; en Roma, quienes daban el sí usaban la misma túnica pero rígida, blanca y tejida con rayas verticales color de Himeneo (dios de la fecundidad y el matrimonio). Se sumaba al look un cinturón que solo el marido podía deshacer y un manto tonalidad azafrán al igual que los zapatos (sandalias).
Con el paso de los años, al vestido de novia se le fueron agregando diversos materiales y el color del mismo tenía una denotación en cuanto a las clases sociales en las épocas de la Edad Media y el Renacimiento. Por esto mismo, las mujeres de las clases altas empleaban los géneros más costosos, que eran aquellos fuertes como el rojo, púrpura o azul, no ocurría lo mismo en los estamentos inferiores, donde el blanco era el más económico y el que primaba.
Las novias pertenecientes a las familias más pudientes usaban vestidos adornados con bordados, armiño, gemas incrustadas, terciopelos, sedas adamascadas y ribetes de piel, pues reflejaban el prestigio familiar. Por lo general, llevaban el pelo suelto decorado con una corona de flores rojas.

Quienes pertenecían a la clase media cambiaban los tejidos ásperos, de lino o lana, que usaban para trabajar, por aquellos de mayor cantidad, añadiéndole mangas largas o cola. Eran justamente estos detalles los que dejaban en evidencia a la clase que pertenecían. Los colores predilectos por estas mujeres eran los grises y azules, ya que vestidos de estos tonos eran fáciles de transformar en trajes para los domingos.
Junto con el surgimiento de la burguesía apareció el botón, que vino a revolucionar el diseño de este tipo de ropa, puesto que gracias a ellos se pudo separar las mangas del vestido.
Aunque parezca curioso, el azul fue por mucho tiempo el tono favorito, ya que estaba asociado a la Virgen: símbolo de la fidelidad y del amor eterno. En caso de usar otra tonalidad en el vestido, las novias llevaban algún detalle en este color para asegurar que deseaban una vida feliz y fértil junto a su futuro marido.
Como hemos visto, a lo largo de los años la gama cromática se empleó casi en su totalidad.
Fue en los siglos XVII, XVIII y XIX cuando los tonos pasteles se transformaron en los preferidos por quienes pertenecían a las clases superiores, justo en el momento en que la nobleza se inclinó por la gama de los metalizados, con bordados en oro y plata, demostrando así su estatus y poder social.
El estilo francés abordó con fuerza al Barroco, Rococó y Neoclasicismo del siglo XVIII, donde el escote cubierto por ligeros velos fue el elemento de seducción. Una de las novias ícono de este siglo fue María de Médicis, quien se casó con Enrique IV de Francia, y vistió un diseño muy escotado y ajustado, de cuyos hombros salía un manto con una ancha cola.
Hasta que llegó la hora del blanco. En 1840 se casó con 21 años de edad, la Reina Victoria con el príncipe Alberto de Sajonia, su primo. A diferencia de otras novias reales, ella no se presentaba como princesa sino como reina consorte, por lo que debía demostrar que era digna del trono. Con su look decidió promover la industria artesanal, para lo que utilizó un soberbio encaje de Honiton, el que resaltaba aún más sobre un tono neutro… El blanco era la opción perfecta. Adornó el vestido con un broche de zafiro azul regalado por quien sería su marido y se rehusó a llevar la corona o tiara, en cambio, se adornó el pelo con una sencilla diadema de flores de naranjo, símbolo de pureza, y de mirto, en señal de la felicidad doméstica y del amor.
Ya llegando a fines del siglo XIX, era habitual que la novia tuviera tres vestidos para el matrimonio: rosado para la recepción de los invitados, negro del contrato nupcial y matrimonio civil, y para la ceremonia religiosa era blanco con velo.
Fue en 1920 cuando las mujeres comenzaron a ser más osadas, usando vestidos más ajustados y mostrando un poco las piernas con diseños en línea recta; en acabado terciopelo y con tocados más informales. Había una clara inclinación hacia trajes con corte imperio. Hacia la década de los 30, volvieron los modelos con grandes capas de tules y sedas, junto a escotes recatados y cerrados. Vestidos sencillos, tipo sastre, con mangas, escote corazón y falda larga y dura fueron las novedades de la moda nupcial que dieron inicio a la década del 40. La sobriedad dictó pauta después de la Segunda Guerra Mundial, debido a las medidas de austeridad que se tomaron en muchos ámbitos.

Christian Dior fue uno de los grandes diseñadores de la moda nupcial en los inicios de la década de los 50, quien apostó por diseños de novias femeninos y distinguidos. Con faldas largas y lujosas, devolvió el encanto y la fantasía a los matrimonios.
Hacia 1960, junto con la revolución sexual, todo cambió. Regresaron las flores naturales en los tocados sobre pelos con ondas, muchas veces despeinados. Se usaron las polleras muy amplias y sueltas y también las minifaldas, ya que los hippies difundieron su mensaje de paz y amor – “Flower Power”– a todos los ámbitos de la vida cotidiana, influyendo incluso en la moda de las novias. Así muchas mujeres optaron por vestidos elaborados con fibras naturales y de caída libre.
Las flores frescas y naturales se reemplazaron por secas en la década de los 70, cuando los vestidos mostraron volados y ruedos, encajes, sedas naturales y hombreras. El velo nuevamente formó parte del look nupcial. Diana de Gales, más conocida como Lady Di, marcó pautas hacia 1980 con su vestido de novia de David y Elizabeth Emanuel: de seda color marfil, unas 10 mil perlas, grandes mangas de farol, escote en V y una extensa cola de seda y encaje de 7 metros de largo. A partir de ahí los diseños fueron muy glamorosos, con largos velos, tules y vaporosos; estilo novia-princesa.

En los 90 la diversidad se hizo presente, siempre con una inclinación hacia el escote corazón, strapless o palabra de honor y corte princesa. Las novias optaron por diseños minimalistas y sencillos, dejando atrás la ostentación y exageración de los 80. La cintura, a diferencia de los años anteriores, tenía el corte en las caderas ensanchando así alrededor de las piernas. El pelo se llevaba suelto, de preferencia con ondas, y con gran volumen.
Ya a fines de 1990 llegó la moda de los vestidos sueltos, con caída libre y de estrecha silueta, se usó menos género para resaltar el cuerpo. Sencillos pero elegantes. “Menos es más” fue el lema de la época en cuanto a este tipo de vestimenta. Se utilizaron las mangas largas y en caso de no tener, las mujeres empleaban guantes hasta el codo, luego esta tendencia fue desapareciendo para asumir los hombros bordados, un importante sitial.
Esta década se caracterizó por la personalización, las novias comenzaron a diseñar sus propios vestidos en los talleres de costura de confianza, llegando al siglo actual con una moda nupcial que evoca los modelos de antaño.

Si de novia se trata, todo vale, inspiración en los años 20 o en el estilo vintage de los 60, 70 y 80… En el siglo XXI no hay patrón que seguir, si bien existen tendencias, las novias usan vestidos 100% acordes a su forma de ser y características, destacando la pedrería, espaldas rebajadas, bordados y aplicaciones en tonos plateados y dorados, y ahora último también las transparencias.
Como bien hemos visto, a lo largo de los siglos el vestido de novia ha pasado por diferentes estilos y tendencias, pero sin importar cuáles sean éstas, el diseño que elige cada mujer es -sin duda alguna- el elemento más importante de su matrimonio.

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